Libertad económica

Malvinas sin política: un gesto que Argentina tardó 90 años en aprender

Bandera argentina pintada en pared de barrio porteño, hombre pasa con bolsas de compras
Bandera argentina pintada en pared de barrio porteño, hombre pasa con bolsas de compras

El gesto que incomoda a quienes viven de la incomodidad

Cuando Javier Milei pidió públicamente que la causa Malvinas no sea usada como instrumento de politización partidaria, la reacción fue predecible: el arco que va desde el kirchnerismo hasta sectores del peronismo moderado salió a acusarlo de entreguismo, de desmalvinización, de traición a la patria. Según teleSUR, el presidente va "a contramano de Argentina". La frase, sin quererlo, es un elogio involuntario: ir a contramano de setenta años de demagogia soberanista es exactamente lo que este país necesita.

Aclaremos lo obvio antes de que alguien lo use de escudo: el reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas es legítimo, está respaldado por resoluciones de Naciones Unidas y forma parte del derecho internacional. No está en discusión acá si las islas son o no argentinas. Lo que está en discusión es si agitar una bandera en un acto partidario, en una cadena nacional o en una campaña electoral es política exterior o es teatro de bajo presupuesto.

1950: cuando Argentina todavía podía hablar de igual a igual

Hay un dato que duele más que cualquier editorial. A comienzos de la década del cincuenta, Argentina era la décima economía del mundo por producto bruto per cápita. Superaba a Francia, a Italia y se acercaba peligrosamente a los países del norte europeo. Juan Bautista Alberdi, que no vivió para verlo pero lo anticipó con claridad quirúrgica en sus Bases, entendía que la grandeza de un país no se construye con gestos épicos sino con instituciones, comercio libre y atracción de capitales y trabajo.

Hoy Argentina no figura entre los primeros cincuenta países por ingreso per cápita. Según datos del Fondo Monetario Internacional, ronda el puesto 60 a nivel mundial, dependiendo del año y la metodología de medición. En setenta años pasamos de potencia emergente con vocación de primer mundo a nación que negocia con el FMI para pagar deudas que contrajo para tapar los agujeros que dejaron las deudas anteriores.

Ese arco descendente no es una casualidad climática ni una maldición geográfica. Es el resultado acumulado de exactamente el mismo vicio que infectó la política exterior: el uso del Estado como herramienta de construcción de poder simbólico en lugar de bienestar real. Malvinas fue, durante décadas, el ejemplo más acabado de esa lógica.

El uso demagógico de la soberanía

La dictadura militar de 1982 usó Malvinas para tapar su fracaso económico y sus crímenes. Eso es historia documentada y no requiere mayor desarrollo. Pero lo que vino después tampoco fue mucho mejor en términos de seriedad diplomática.

Durante los gobiernos kirchneristas, la causa Malvinas se convirtió en recurso retórico de primera línea: aparecía en cadenas nacionales, en actos del 2 de abril con tono de campaña, en discursos ante la ONU que generaban aplausos en el recinto y cero consecuencias en la mesa de negociación. Mientras tanto, la relación bilateral con el Reino Unido se deterioraba, el diálogo directo se interrumpía y los islanders —cuya opinión, guste o no, también cuenta en el derecho internacional— se consolidaban en su rechazo a cualquier forma de integración con Argentina.

Milton Friedman tenía una fórmula para esto: las buenas intenciones no producen buenos resultados. Agitar banderas puede generar calor interno, pero en política exterior lo que cuenta es la capacidad de negociación, y esa capacidad se construye con credibilidad institucional, con economía sólida, con presencia comercial en el mundo. Nada de lo cual Argentina tuvo en abundancia durante el ciclo populista.

Separar el símbolo del instrumento

Lo que Milei propone —con más intuición que doctrina articulada, hay que reconocerlo— es una distinción que las democracias maduras aprendieron hace tiempo: una cosa es la posición de Estado sobre un reclamo territorial y otra muy distinta es convertir ese reclamo en combustible para la movilización electoral interna.

Alemania reclamó durante décadas la reunificación como objetivo de Estado. Nunca la usó para ganar elecciones. La usó como marco de política exterior sostenida, con paciencia, con construcción institucional, con inserción económica en Europa Occidental que la volvió indispensable. El resultado fue la reunificación pacífica de 1990.

Argentina, en cambio, eligió el camino del gesto. Y el gesto, sin sustancia detrás, solo sirve para alimentar el ciclo: el político que más fuerte grita "Malvinas" gana el aplauso del acto, pierde la negociación real y deja el problema intacto para el próximo que necesite gritar.

Hayek lo llamaría una forma de conocimiento disperso mal utilizado: el capital simbólico de una causa legítima, dilapidado en señales políticas de corto plazo en lugar de invertido en estrategia de largo aliento.

El costo de noventa años de atajos

No es casualidad que este debate surja en el contexto de un gobierno que, con todos sus déficits de comunicación y sus propias contradicciones, está intentando algo que Argentina no intentó en serio desde los años de Alberdi: insertar al país en el mundo desde la lógica del comercio y la credibilidad institucional en lugar de desde el nacionalismo de trinchera.

El acuerdo con el FMI, la búsqueda de tratados de libre comercio, la reducción del déficit fiscal: todo eso construye el tipo de país que puede sentarse a negociar Malvinas desde una posición de fuerza relativa. Un país que no puede pagar sus deudas, que impone cepos cambiarios y que espanta inversión extranjera no tiene ninguna palanca real sobre el Reino Unido. Solo tiene la bandera. Y la bandera, sola, no alcanza.

Eso no es entreguismo. Es aritmética diplomática básica.

El dolor de país que no queremos romantizar

Hay algo que este medio no va a hacer: romantizar el pasado ni fingir que la decadencia argentina es un relato abstracto. Detrás de ese descenso del puesto diez al puesto sesenta hay generaciones de argentinos que emigraron, que vieron sus ahorros pulverizados, que mandaron a sus hijos a estudiar afuera porque acá el sistema educativo se fue degradando al mismo ritmo que el fiscal.

Malvinas es parte de esa historia, pero no como causa de la decadencia sino como síntoma. Cada vez que un gobierno prefirió el gesto soberanista al trabajo institucional, estaba eligiendo el mismo camino que eligió para la economía: el atajo populista que se paga con intereses compuestos.

Pedir que eso cambie no es ir a contramano de Argentina. Es, por primera vez en mucho tiempo, ir a contramano del fracaso.

Fuentes citadas

  1. teleSUR — Milei a contramano de Argentina — Noticia original que reporta las declaraciones de Milei sobre la no politización de la causa Malvinas.
  2. FMI — World Economic Outlook Database — Base de datos del Fondo Monetario Internacional con rankings de PIB per cápita por país, utilizada para contextualizar la posición relativa de Argentina.
  3. INDEC — Instituto Nacional de Estadística y Censos — Fuente oficial de estadísticas económicas y sociales de Argentina, referencia para contextualizar indicadores macroeconómicos nacionales.

Preguntas frecuentes

¿Milei está abandonando el reclamo de soberanía sobre Malvinas?
No. Pedir que la causa no sea usada como herramienta de campaña política es distinto a renunciar al reclamo de soberanía, que sigue siendo la posición del Estado argentino respaldada por resoluciones de Naciones Unidas.
¿Qué significa 'desmalvinización' y es eso lo que propone el gobierno?
La desmalvinización fue un proceso cultural de los años 80 orientado a reducir el trauma post-guerra. Lo que propone Milei es diferente: separar el reclamo diplomático legítimo del uso electoral del símbolo, algo que las democracias maduras hacen con sus disputas territoriales.
¿Cómo afecta la situación económica a la posición de Argentina en la negociación por Malvinas?
Directamente. Un país con cepo cambiario, deuda en default y baja credibilidad institucional tiene muy poca palanca negociadora frente al Reino Unido. La solidez económica es condición necesaria —aunque no suficiente— para una diplomacia efectiva.
¿Argentina realmente era la décima economía del mundo en 1950?
Según distintas series históricas de producto bruto per cápita, Argentina figuraba entre los diez primeros países del mundo a comienzos de los años cincuenta, superando a varias economías europeas que hoy la aventajan ampliamente.
¿Qué debería hacer Argentina para avanzar en el reclamo de Malvinas?
Desde una perspectiva liberal, la respuesta es construir credibilidad institucional, inserción comercial global y vínculos económicos con el Reino Unido que generen incentivos reales para la negociación. El grito soberanista sin sustancia económica detrás no produce resultados diplomáticos concretos.