Cultura del mérito
La mejora existe, pero no se percibe: el problema es cultural

Una frase incómoda que merece análisis serio
El presidente Javier Milei reconoció algo que sus propios seguidores a veces prefieren esquivar: hay argentinos que, pese a los indicadores macroeconómicos que apuntan hacia la recuperación, no perciben ninguna mejora en su vida cotidiana. Según El Destape, el propio mandatario calificó este fenómeno como algo esperable, incluso normal. Y tiene razón, aunque no exactamente por las razones que él esgrimió.
La brecha entre los números y la experiencia vivida no es un simple problema de timing macroeconómico. Es, ante todo, un problema cultural. Y entenderlo así no es esquivar la responsabilidad del Gobierno: es agregar una capa de análisis que el debate público argentino sistemáticamente evita.
El populismo no solo destruyó las cuentas públicas
Durante décadas, el modelo distribucionista argentino no se limitó a vaciar el Tesoro. Hizo algo más profundo y más difícil de revertir: reconfiguró la relación que los ciudadanos tienen con el Estado, con el trabajo y con sus propias expectativas.
Cuando el subsidio reemplaza al salario, cuando el plan social sustituye al empleo genuino, cuando la queja al funcionario de turno resulta más efectiva que el esfuerzo propio, se instala una lógica perversa: el bienestar personal deja de percibirse como consecuencia de decisiones individuales y pasa a ser visto como una dádiva que el Estado otorga o retira. Friedrich Hayek lo llamó la erosión de la responsabilidad personal; Milton Friedman advirtió que ningún sistema de transferencias puede sustituir indefinidamente el incentivo del mérito sin destruir la capacidad productiva de una sociedad.
Argentina vivió esa erosión en cámara lenta durante al menos cuatro administraciones consecutivas. El resultado no es solo déficit fiscal: es una cultura donde amplios sectores de la población genuinamente no saben —o no recuerdan— cómo conectar su propio esfuerzo con su propio progreso.
Percepción y realidad: el tiempo del mérito
Hay una verdad incómoda que los defensores del ajuste deben admitir: la macroeconomía puede ordenarse más rápido de lo que se reconstruye la confianza individual. Los equilibrios fiscales son medibles y verificables; la sensación de que tu trabajo vale, de que podés planificar, de que el esfuerzo tiene recompensa predecible, tarda mucho más en instalarse.
Eso no invalida las reformas. Al contrario: las hace más urgentes. Pero exige reconocer que la política económica correcta es condición necesaria, no suficiente. Una sociedad que durante décadas aprendió a esperar del Estado lo que debería esperar de sí misma no se reconvierte en doce meses, aunque bajen la inflación y el riesgo país.
El economista Juan Carlos de Pablo suele señalar que en Argentina los agentes económicos descuentan el fracaso antes de que ocurra, porque el fracaso fue la norma. Esa memoria institucional —esa desconfianza aprendida— es parte de lo que explica por qué muchos no perciben la mejora aunque los datos digan otra cosa.
La trampa del relato victimista
Dicho esto, hay una trampa en la que no conviene caer: usar la brecha entre percepción y realidad como argumento para volver al gasto. Ese es el razonamiento que históricamente usó el populismo para justificar cada nuevo ciclo de expansión fiscal: "la gente sufre, entonces el Estado debe intervenir más".
El problema es que ese ciclo ya lo conocemos de memoria. Más gasto, más inflación, más destrucción del poder adquisitivo, más pobreza real detrás de la ilusión monetaria. La percepción de mejora que generaba el populismo era, en el mejor de los casos, prestada; en el peor, directamente falsa.
Lo que necesita Argentina no es que el Estado vuelva a administrar la percepción de bienestar a través del subsidio. Necesita que los ciudadanos recuperen la capacidad —y la costumbre— de generar su propio bienestar. Eso requiere mercados que funcionen, reglas estables, propiedad privada respetada y un sistema educativo que vuelva a enseñar que el esfuerzo tiene sentido. Juan Bautista Alberdi lo escribió hace más de ciento cincuenta años: la riqueza de las naciones se construye desde abajo, desde el individuo que trabaja y ahorra, no desde el Estado que redistribuye lo que otros produjeron.
El rol de la educación en la reconstrucción cultural
Si hay una institución que puede acelerar ese cambio de valores, es la escuela. Y aquí el diagnóstico es brutal: el sistema educativo argentino lleva décadas formando ciudadanos que conocen sus derechos y desconocen sus responsabilidades, que saben reclamar al Estado y no saben emprender por cuenta propia.
Las pruebas PISA y los sucesivos informes de la Secretaría de Evaluación Educativa muestran una caída sostenida en comprensión lectora y matemática. Pero más allá de los números, el problema es de orientación: una escuela que no enseña a tolerar la frustración, a asumir consecuencias, a valorar la excelencia, es una escuela que fabrica dependencia.
Reconstruir la cultura del mérito empieza ahí. No es un proyecto de un gobierno: es un proyecto generacional. Pero tiene que arrancar ahora, con reformas concretas en el currículo, en la carrera docente, en la evaluación de resultados. José Luis Espert y otros referentes del liberalismo local llevan años insistiendo en este punto, muchas veces ignorados por una dirigencia que prefiere hablar de infraestructura antes que de valores.
Lo que Milei dijo y lo que falta decir
Que el presidente reconozca que la percepción de mejora no es universal es un gesto de honestidad política que merece crédito. Pero el análisis no puede detenerse en el diagnóstico. La pregunta que sigue es: ¿qué hace el Gobierno —más allá del ordenamiento fiscal— para reconstruir la cultura de la autonomía y el mérito?
La respuesta, hasta ahora, es parcial. Las reformas económicas van en la dirección correcta. La desregulación, la apertura, el equilibrio de las cuentas públicas son pasos necesarios. Pero falta una agenda cultural explícita: reforma educativa ambiciosa, defensa pública del mérito como valor, desmantelamiento progresivo de los sistemas de clientelismo que siguen operando en los municipios y provincias.
La mejora que muchos no perciben no es solo una cuestión de tiempo. Es una cuestión de reconstrucción cultural profunda. Y eso, a diferencia del tipo de cambio o el riesgo país, no lo resuelve ningún decreto.
Relacionado: Propiedad privada y desarrollo económico en Argentina: el vínculo roto — otra mirada sobre el mismo tema.
Fuentes citadas
- El Destape — Milei admitió que hay argentinos que no perciben la mejora — Nota original que origina el análisis editorial.
- INDEC — Mercado de trabajo e indicadores socioeconómicos — Fuente primaria para datos de empleo, salarios reales y pobreza en Argentina.
- Secretaría de Evaluación e Información Educativa — Aprender — Informes oficiales sobre resultados de aprendizaje en el sistema educativo argentino.



